Las preguntas deben formularse respecto a cuestiones concretas y determinadas, o que no tengan una destacada importancia política, mientras que las interpelaciones tienen su campo de aplicación en las cuestiones de mayor trascendencia política o de contenido muy amplio, como son las que están relacionadas la acción política general o de un departamento. Esto explica que no haya una separación nítida y segura entre uno y otro procedimiento. Aspectos que en momentos normales se despachan con una pregunta pueden convertirse en objeto de una interpelación de concurrir ciertas circunstancias. En consonancia con esa diferencia, las preguntas encierran solo un pequeño y breve diálogo entre el parlamentario autor de las mismas y el ministro afectado.
En cambio, las interpelaciones suelen tener un desarrollo más amplio al provocar un debate en el que pueden intervenir otras personas además de las mencionadas. Y es que el interés más
reducido o concreto de las primeras permite su más rápida contestación, mientras que la mayor sustantividad de las segundas despierta el deseo de otros sectores de la cámara en participar y hacer valer su punto de vista, lo que propicia la apertura de un debate más amplio.
